Ya sabéis cómo me gusta la literatura
policiaca. Es, seguramente, el género que más leo y al que recurro siempre en
los momentos de crisis lectoras o en los que solo quiero perderme en los
libros, casi nunca me falla.
Por
eso es curioso y extraño que haya tardado tanto en animarme con esta serie, que
llega, como tantas otras, de los países nórdicos y de la que he leído tantas
buenas opiniones.
El
caso es que me llamaba la atención pero debo reconocer que eso de que el
departamento Q trabajara sobre casos no cerrados de hace tiempo me echaba un
poco para atrás, no sé, me daba la sensación de que iba a perder intriga y
tensión, ¡qué equivocada estaba!
Carl
Morck es un subcomisario de policía que atraviesa, seguramente, la peor etapa
de su vida. Después de que, en su último caso, uno de sus compañeros muriera y
el otro quedara gravemente herido no se encuentra con ánimo ni ganas de
enfrentar nada o de volver al trabajo, pero debe hacerlo y para empeorar las
cosas sus jefes han decidido crear un nuevo departamento compuesto por él
solito para trabajar sobre casos no cerrados en el pasado. A pesar de que la
idea no le gusta y de que el ayudante que le han asignado le resulta, cuanto
menos, chocante, tendrá que elegir un primer caso y poco a poco sin darse cuenta, se irá implicando y
sorprendiendo por la evolución y el cariz que toma la investigación.
Es
curioso que, justo lo que me planteaba dudas para leer estos libros hayan sido,
desde este que es el primero, lo que me ha cautivado de los mismos. Casos
antiguos que no se cerraron y que parece que no tendrán ninguna emoción porque
el paso de los años los ha llenado de polvo, son, en realidad, auténticos
retos que, además, nos mantienen en tensión durante toda la novela pensando,
¿lo resolverán? ¿Servirá de algo? ¿Aún llegarán a tiempo de salvar a alguien? Y
mientras, de la mano de este policía taciturno, pesimista y cabezota que, por
supuesto, no es lo que parece y de su ayudante Assad, vamos a ir conociendo
hechos, personajes, incongruencias… Esta vez para saber qué fue de Merete Lynggaard,
joven promesa política que un día desapareció y a la que se dio por muerta aún
sin que hubiera pruebas concluyentes.
Como
la mayoría de las novelas nórdicas de este tipo que han llegado a nosotros, nos
vamos a mover en un ambiente gris y con unos personajes herméticos y en muchos
casos tremendamente retorcidos.
Creo
que ya os he comentado cómo me llama la atención esta característica tan
repetida en este tipo de libros. Los dramas son sucios y enfermizos y “los
malos” lo son de una manera tan sórdida que encoge un poco el corazoncito. Pero
lo más llamativo es que, este ambiente, parece atacar también a los personajes “buenos”
que no tienen, ni siquiera en su hogar, un poco de luz y calor. Los libros de
crímenes siempre son chocantes y duros pero yo tengo que decir que, con los de
este autor, me he sentido algo abrumada en muchos momentos.
A
pesar de eso, recomiendo sus lectura, ágil y fácil, intrigante desde el primer
momento y de esas que mantienen la tensión en cada página. Este libro, como
tantos otros, no es una obra maestra pero es realmente entretenido y a mí me ha
gustado mucho, lo he leído con auténtico interés, totalmente fascinada por los
hechos y por unos protagonistas con los que, a pesar de sus rarezas, me he
encariñado mucho.
Y
como cuando me hago amiga de los personajes me gusta saber qué es de su vida,
volveremos a hablar de Morck y de Assad porque, claro, he seguido leyendo sus
libros y tienen mucho que contar.
Como
ya he comentado en el blog infantil sigo teniendo problemas con el ordenador
pero es agradezco en el alma todos vuestros comentarios y que vengáis a vernos.
Espero recuperar pronto mi memoria ram (o algo así) para poder responder y
devolver visitas. Un abrazo grande y nos leemos.